Por Omar Ruiz-Diaz

VANCOUVER.- La noticia de la muerte de Alfredo Stroessner en Brasil, me ha transportado una vez más al país donde nací y crecí. Esta vez no siento el anticipo de una decepción, como si fuera la antesala de la participación del equipo de Paraguay en un Campeonato Mundial de Fútbol.

Esta vez siento un alivio, una sensación catártica, una experiencia expiatoria al menos de gran parte de mis demonios.

No conocí otro Paraguay que aquel apagado enclave en el sur de América, con la omnipresente idea vinculada a un dictador. Aunque he perdido la nacionalidad paraguaya, la información del deceso de una persona que tanta influencia ha causado en mi vida personal, me propulsa –quizás por última vez- a masticar el pasado.

Este simbolismo representa mi derecho y mi obligación, la espina que faltaba exorcizar, el último eslabón de mi reciclaje y sobrevivencia.

El producto de mi desarraigo no me incomoda, sin embargo. Ser canadiense en medio de tantos conflictos, es como una baza de transparencia en la floresta.

Lejos, muy lejos la experiencia del absolutismo, de las dobleces, del prevendarismo, de la promoción de la corrupción institucional, del despotismo doméstico.

Recuerdo una mañana en las cercanías del Ministerio de Salud, en Asunción. Estaba yo mirando desde uno de los pasillos de un séptimo piso adyacente, las calles infestadas de militares y hombres de gafas oscuras. Saqué unos binoculares que adquirí en una tienda de usados y, parapetado en el mencionado complejo de oficinas, los enfoqué hacia los uniformados.

Uno de ellos, claramente nervioso, identificó mi posición y rápidamente comandó un rastreo. Inmediatamente configuré la peligrosidad del momento, guardé sigilosamente el largavista, me confundí con el público y bajé las escaleras. No tardaron en llegar corriendo. Salí a la calle, como si estuviera lidiando con mis menesteres fingiendo absoluta normalidad. Y desaparecí entre la multitud.

Ese fue el único momento en que pude haber estado cerca de tan tenebrosa figura. Y salvé el pellejo de milagro.

Nunca más Stroessner, nunca más.